La intención de este artículo es discutir el propio concepto de doping. De acuerdo con la RAE, doparse consiste en “administrar fármacos o sustancias estimulantes para potenciar artificialmente el rendimiento del organismo con fines competitivos”. Una definición que refleja bastante la idea que se tiene en general de dopaje, pero en rigor puede referirse igual a un plato de spaghetti que a una raya de cocaína: ambos estimulan el cuerpo, ambos son artificiales –la pasta italiana no crece en los árboles- y los fines con que se consuman quedan dentro de la conciencia de cada cual. Una ambigüedad que es importante, y que nos lleva a aceptar que probablemente la única definición medianamente correcta del concepto debería ser algo así como: “para cada deporte, sustancia que se encuentra en una lista concreta, y cuyo consumo está prohibido para el deportista hasta el punto de que su consumo pueda acarrearle una grave sanción”. Una prohibición que por tanto es arbitraria, pero cuya existencia suele fundamentarse mediante alguna de las siguientes razones:
-El doping es dañino para la salud del deportista.
-El doping es tramposo.
-El doping proporciona ventajas ilícitas.
-El doping es química, mejora el rendimiento independientemente del entrenamiento

Puede argüirse que una legalización de todas las sustancias conllevaría una generalización de su uso. Puede ser posible, pero no hay nada intrínsecamente malo en ello, y ya lo hemos discutido más arriba. El deportista debería poder valorar libremente hasta qué punto está dispuesto a sacrificar su salud por su ideal, sea a base de entrenamiento, química, viajes continuos, esfuerzos excesivos, etcétera. Además, la apertura conllevaría mayor información sobre lo que toma cada uno, una necesidad que es mucho más difícil cuando uno se mueve en la clandestinidad
Sin embargo, sí puede enunciarse un motivo de índole estético-económica que vuelve indeseable el dopaje en deportes de equipo, y es la corrupción de la esencia del juego. En este tipo de competiciones, un predominio de lo físico suele conspirar contra el desarrollo de la técnica individual y la táctica colectiva, seguramente los dos mayores atractivos que ofrecen este tipo de deportes. La hipertrofia en la capacidad física suele conllevar una disminución en los otros aspectos, con desastrosas consecuencias para la calidad del juego, y también para su rentabilidad: el espectador no paga por ver correr, sino por contemplar habilidad y destreza. Desde este punto de vista, y siendo conscientes de que en realidad se comete una arbitrariedad, podía contemplarse como ética una prohibición de los productos dopantes.
¿Qué ocurre con el resto de deportes, los del citius, altius, fortius de los Juegos Olímpicos? Pues que en ellos el doping, legal o no, es inevitable; basta ver, por ejemplo, la lista de los ganadores de los últimos Tours. Por una parte, la necesidad de ayudas se deriva de la propia naturaleza de actividades como el ciclismo de élite, que exige esfuerzos más allá de la comprensión humana. Por otro, en deportes donde una centésima puede definir la diferencia entre la gloria y el fracaso o entre tener una beca o perderla, pocos van a ser los que rechacen hasta la última posibilidad de alcanzarla. Sin olvidar que en ciertas especialidades de atletismo, por ejemplo, las audiencias sólo se disparan al olor de los récords, y se despeñan en certámenes presuntamente “limpios”.
fuente: web Diarios de Fútbol
fuente: web Diarios de Fútbol